Para estrenar la idea, le dedico esta a Paula (@Paulalalemon, seguidla :3), que me la lleva pidiendo un tiempecillo pero con la época de exámenes no he sacado hueco. Espero que le guste mucho y que pase esto a mucha people y me den trabajillo para semana santa ;)
Y eso, que si quereis que haga una historia de estas con vuestro nombre, o un espacio en blanco, con quien querais y como querais, comentadme por aqui o en twitter (@RocioHoran, seguidme *cough*) y decidme eso, como os llamais, tema y el nombre de vuestro macho, preciosidades :) (en vacaciones -osea la semana que viene-, si me decís algunas, me harto a escribir QUE HAY GANAS)
Y eso, que no os chapo más y leedlo, aunque sea una caca, sí? Os amo ♥
Volvía de las clases de canto a
las que asistía en una nueva y ya famosa escuela a las afueras de Londres hasta
mi casa en un barrio céntrico de la ciudad. Tenía unas ganas enormes de darme
una ducha, tumbarme en el sofá y ver una película junto a él, le había
extrañado demasiado. Suspiré, debía estar ya en el hace un par de días había
vuelto de la gira donde había estado nada menos que tres meses, los cuales se
hicieron eternos, interminables. Recordaba cada detalle de su rostro, su
sonrisa, el color azul profundo de sus ojos, la manera que tenía de sacarme una
sonrisa cuando más triste estaba… sonreí al acordarme de que al ser pequeña
soñaba con ser una princesa y que apareciera en mi vida un príncipe azul que me
llevara a fiestas elegantes y pudiera tomar con él el té a las cinco rodeada de
nuestros preciosos hijos. Era gracioso, pues aunque teóricamente no lo fuera me
sentía como tal. El señor del taxi carraspeó para llamar mi atención.
- ¿Dónde he de llevarle?
Le dije el nombre de una calle
con voz clara. Asintió su cabeza escasa de pelo y comenzó a girar calles.
Desesperada, miraba el reloj continuamente esperando que el tiempo acelerara y
el taxi avanzara más rápido, aun sabiendo que no ayudaría y haría que me
estresase más. Apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos pensando “Vamos,
Paula, resiste. No por madrugar amanece más temprano”. Me distraje jugando a
las matrículas hasta que suavemente el taxi paró. Rebusqué en mi bolso, ya algo
olvidado en el tiempo pero que seguía siendo mi favorito, y saqué un monedero
que me había regalado Niall. Mi ángel. Puse un billete de veinte libras sobre la
palma de la mano impaciente del señor. Hizo el gesto de buscar la vuelta, pero
negué y salí del coche, no había tiempo para contar monedas.
Me encontraba frente a un bonito
dúplex de colores claros, con grandes ventanales de cristales algo tintados y
cortinas a juego del color de la fachada. No era como el resto de los edificios
de la manzana, este estaba echa a nuestro gusto –bueno, más bien al mío. Desde salíamos
juntos insistí en el ideal de mi futura
casa, tanto que el boceto de esta se quedó dibujada en su cabeza, y ahí
estaba-. Parecía que estuviese formado por dos cuadrados puestos uno encima del
otro, no exactamente alineados. Saqué las llaves y abrí la entrada, entré a un
precioso hall exterior y seguí por un caminito que atravesaba el jardín
delantero y llevaba al edificio. Impaciente, me puse a abrir la puerta, y
cuando entré esperando ver luces encendidas y las maletas de Niall en el
pasillo tiradas me encontré con la casa tal y como la había dejado. Suspiré, decepcionada. Colgué mi chaqueta en
el perchero del recibidor y me aparté el flequillo de la cara de camino a las escaleras,
oscuras y vacías. Al fijarme mejor, vi con cara de asombro e ilusión que en
cada escalón había una chocolatina con una nota. “No puede ser”, pensé,
¿estaría arriba? No perdería mucho tiempo en averiguarlo.
Me agaché a recoger la primera,
un bombón en forma de corazón y un poema escrito en un post-it detrás de este. No
podía ocultar una sonrisa tonta, me recordaba a mi misma cuando sólo era una cría
enamorada. Ahora era una chica más madura, pero ese tipo de cosas siempre iban
a hacerme ilusión. Fui metiendo todo el chocolate en mi bolso mientras reía, me
emocionaba y sonrojaba al leer los mensajes escritos de la mano de Niall.
Por una parte estaba deseosa de
subir hasta arriba y olvidar los bombones y las notas, correr hacia el y
cubrirlo de besos y abrazarlo hasta no sentir los brazos, pero sentía que si
hacía eso el trabajo que había usado en montar todo lo de la escalera y el cuidado
que puso para dejarlo todo intacto iba a ser inútil, además, el romanticismo y
el suspense me volvían loca. Así, se me hizo largo el camino de subida, releía
los mensajes cuanto podía antes de subir otro peldaño. Dejé escapar una risa
boba, de esas que me salen en ese tipo de momentos. Niall, si estaba arriba,
debería de haber notado mi presencia de hace rato. Solo por el placer de
hacerle sufrir decidí ir más lenta y pararme más a leer las notas. “Eres
malvada” pensé para mí.
Un par de minutos después terminé
de recogerlo todo y miré al frente, esperando ver alguna luz encendida
proveniente del pequeño estudio, o la habitación, me asomé al cuarto de
invitados y nada. Entonces se me ocurrió buscar en la terraza de atrás.
Cuando le vi puedo decir que el
corazón se me paró para volver a andar a mil por hora, estaba sentado en una de
las hamacas dando golpecitos con el pie en el suelo. Levantó la cabeza y me
miró con esos ojos que cortan el aliento, y me sonrió con su perfecta boca.
Corrí hacia él y prácticamente me tiré encima, me agarró con todas sus fuerzas
y caímos sobre la hamaca. Los ojos se me inundaron de lágrimas, y pronto noté
cómo a él le pasaba lo mismo. Dios, ¿cómo pude aguantar echándole tanto de
menos hasta hoy y no haberme vuelto loca? Aún me lo pregunto. Nos quedamos así,
llorando de felicidad uno encima del otro. Me incorporó suavemente y me secó
las lágrimas con el pulgar, se acercó poco a poco a mis labios y nos besamos,
insaciablemente, como si no hubiera una próxima vez.
- Eh, Paula, pequeña, no llores –dijo
una vez que nos separamos.
- Dios, Niall, te he extrañado
mucho – sollocé. Aún no podía creer que fuera real, que tras tres largos meses
de soledad, teniendo que conformarme con el cálido sonido de su voz algo
distorsionada por el teléfono y algún que otro skype cuando teníamos tiempo,
estuviera aquí conmigo de nuevo.
Él se secó las lágrimas y hizo
que me levantara.
- No te voy a dejar nunca más,
Paula. Sabes que eres lo que
más amo en este mundo, tú eres la que me ayuda a seguir adelante y mantener los
pies en la tierra, sin ti todo esto para mí no sería nada fácil. Nunca he
conocido a nadie con quien me sienta tan a gusto, veo las cosas distintas
contigo, no se, como si le dieras luz a mi vida por decirlo en plan cursi –reí-.
Me alegro de haber esperado hasta encontrar a mi princesa y no haberme ido con
cualquier chica que pudiera haberme roto el corazón, sé que a tu lado eso jamás
pasará. Prométeme que no vas a dejarme nunca.
- Joder, Niall, claro que te lo
prometo –otra vez me puse a llorar-, todavía no me creo que estes conmigo,
aquí, en nuestra casa.
- Pues créetelo, es real.
Míranos. Veras, además, como dentro de poco estamos los dos en esta misma
terraza tomando algo mientras los niños juegan en el jardín.
Sonreí y le abracé con fuerza.
Aflojé y me separé de el, noté como ponía su mano en mi barbilla y me alzaba la
cabeza, mirándonos a los ojos. Se mordió el labio y avanzó hacia mi,
fundiéndonos en un beso que me dio la sensación de ser el principio de un para
siempre.
